Underdogs VIII: Carlos de Rokha.


carlos

Carlos Díaz Anabalón, más conocido como Carlos de Rokha nació en una familia de poetas y artistas marcados por un sino trágico, vio luz en Chile en 1920. Era hijo mayor de Pablo y Winett de Rokha, Carlos vivió la poesía a la manera de Jean Arthur Rimbaud, de quien era un entusiasta seguidor.

De Rokha residió un largo período en Argentina, participó activamente de los proyectos poéticos de su padre, siendo redactor de la revista Multitud que éste dirigía y en cuya editorial publicó su poemario El orden visible.

Sus textos, empapados de surrealismo y poblados de imágenes visionarias, no dejaron indiferentes a críticos y poetas, encontrando prontamente un sitio en el ambiente literario y artístico de los años 40 y 50, escenario en el cual compartió con Enrique Lihn, Mahfud Massis -quien fue marido de su hermana, la pintora Lukó de Rokha- y con el grupo La Mandrágora, en el cual, aún siendo bastante más joven que sus miembros fundadores, llegó a participar tangencialmente.

El carácter de su poesía, así como el aura de "poeta maldito" que siempre le rodeó y que se vio reforzada luego de su muerte, han dado pie a numerosos comentarios de prensa y notas críticas, a lo que se suma un reciente redescubrimiento de su obra por parte de las nuevas generaciones de poetas.

Carlos de Rokha renovó la lírica chilena con su obra, vinculándose con la más pura tradición creadora, de lo cual dan cuenta sus cuatro libros publicados: Cántico profético al Primer Mundo (1944), El orden visible (1956), Memorial y llaves (1964) y Pavana del gallo y el arlequín (1967).

El poeta sufría de esquizofrenia y fue internado en el hospital psiquiátrico, donde seguía escribiendo y hacía representaciones con los internos. "Cuando lo recuerdo, no veo a un esquizofrénico, sino a un hombre ultrasensible, extravagante, con un profundo sufrimiento, pero sobre todo a un ser iluminado", dice Tagle. Su muerte, dice, es un misterio y se resiste a creer en la tesis del suicidio. "Yo creo que fue una mezcla de pastillas con trago". Ésta acaeció en 1962 cuando contaba 42 años.

Carlos fue un eslabón de la tragedia de su familia: a su muerte se uniría el suicidio de su hermano Pablo en 1967, el de dos tías, hermanas de su padre, y finalmente, en 1968, el del propio padre que se voló la cabeza con un revólver Smith & Wesson, obsequio de David Alfaro.



Su muerte afecto profundamente a su padre, Pablo de Rokha, quien nunca pudo recuperarse de la muerte de su hijo. En Carta perdida a Carlos de Rokha escribió: « el sello del genio de Winétt te persiguió, como una gran águila de fuego, desde la cuna a la tumba, pero no te influyó, porque no te influyó nadie, encima del mundo./Perdóname el haberte dado la vida ».


Enrique Lihn se refiere a la escasa difusión de la obra de Carlos con las siguientes palabras: « La poesía de Carlos de Rokha es de las que saldrían gananciosas si se historiara, verdaderamente, el total de nuestra literatura. Con caracteres propios e inconfundibles la obra de de Rokha registró todas las inquietudes expresivo-formales que han coadyuvado al desarrollo de una pequeña pero brillante tradición literaria ».



Poemas


LAS DEGOLLABLES

Bellas a un aire de nadar

Se desnudan visten ropajes propios

Y sobre sus cuerpos presumen la clave

Del encanto de las chacales

Del tigre de la ronda

Mejor vestidas que jamás errantes sanguinarias

Aquí están consumiendo varillas de leche

Sorteando sus partes de azar

Entregan sus peinados a la silla maldita

Las chacales tatuadas con armiño

Son éstas panteras del orgullo henchidas de virtud

Con un cuerpo por roja rosa de la ronda

Evaporada sobre sus bocas todas semejantes

A la risa de la boa que encantan

Más puras están ebrias fascinadas envenenadas

Lobas obsesivas en el tratado de sus detalles mágicos

Liberáis por avaricia los enigmas favorables

Vuestros cuellos semejantes al hastío de las cascadas

Vuestros cuerpos semejantes a la pereza

Libres ya de ligaduras crean un pacto de dicha

Así con marcas de amor las adorables de las horcas

Viven de un cielo prestado a la ciudad perdida

Y como arrogantes vestiduras en los más crueles paisajes
Los pájaros son su ropaje de Medusas

Cantan a la llegada sobre la costa de granito
Sueñan cuándo vendrá el gran día

Hollad las rocas bellas gavilanes



DE PROFUNDIS




De s de este amargo té me vuelvo hacia el de monio

Apenas entrevisto por el insomne huésped

Que soy cuando de noche entro en mi ser visible

Cansado de mi viaje y de la larga

locura que hace tiempo absorbe mis dos sienes

Me vuelvo a la ceniza y al vaso de mi sangre

Con las venas ardiendo y el rostro amortajado

Mas la espalda, llagada doliéndome el costado, danto

perdón al de nodado

enemigo que soy de mí mismo y de mi alma

Solitario por de ntro, fatigado,

sin esperanzas como

un Cristo de abismal perspectiva

sobre el ma de ro de mi columna vertebral crucificado

por los días que vivo buscando una respuesta

a la angustia que asalta mis ojos cuando duermo

Oh de udo, oh de solado!

Centinela de l tiempo, vigía sumergido

en la sangre, en el vino y la tierra; ese soy,

esa mi sed, esa mi hambre, esa mi soledad, esa mi angustia,

y en mí mismo me acabo

por de ntro, como un viento que hacia el cielo impulsa

De sterrado por siempre, solemne, vertical, de sterrado

como un águila ebria sobre una isla en llamas,

ya sin ansias de todo lo vivido

me vuelvo a la vigilia de mi cáliz

y nada, nada espero de los días que vienen

sino una azul espada que me de stroce el alma.



PAVANA A LA DURMIENTE

Si pudiera llevar la noche a los lívidos espejos de tus uñas, sé que ya habría nacido el misterio. Si te fuera dado revelármelo, sé que tendría para mí una espléndida dicha. Pero sobre la noche que refleja extraños cisnes en tu cuello y sobre el alba que los borra (como surgiendo de un camafeo delicadamente conservado) estás tú, que eres la abolición del tiempo, porque a tus pies yacen las sombras del abismo, y tu cabeza, coronada de centelleantes resplandores, es la anunciación y el trofeo.
¡El enigma, la realidad! A tu solo paso, adorable jardinera del deseo que siembras toda magia: en su propia levedad se desvanecen y huyen hasta la total extinción.
¿Sientes cómo, en cambio, vuelven los turbadores, los extraviantes perfumes que se agitan en las umbelas del silencio? ¿No son ellos los prometedores de un embriagador e insospechado ocaso, de una inesperada redención? Ellos nos dicen que ha llegado la iniciadora en las ordalías, la que devora cabelleras-pájaros sobre refulgentes fogatas encendidas por los vagabundos.
Te digo que te silencies porque la hija anhelada, la sobrecogedora medianoche baila y se embriaga en nuestros rostros donde sólo palpitaría el crimen y el odio, que es la más total forma del amor.
Cuando tus ojos revelan la ansiada señal sobre ellos se ha replegado el misterio. Si se abren es la aurora boreal, si se cierran es que te han envuelto las emanaciones misteriosas que brotan del loto azul, talismán cegador llameando en tu frente orlada por la inocencia de los corsarios y la danza de un niño sobre la copa de roja espuma que veo alzarse en tus manos.
La graciosa sacerdotisa del ensueño se sonríe en tus labios (apenas entreabiertos para el cántico del seductor ritual que ofrecen) y entre tus dedos, a medida que de ellos cae la dorada arena y apaga las lámparas, tiembla el ramo de lilas aún húmedas que te traje esta mañana del mercado.

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